Hubo un tiempo en que TED era sinónimo de ideas que valían la pena difundir. En los 80 y 90, y especialmente en los 2000, subían al escenario premios Nobel como Murray Gell-Mann o científicos de la talla de Jane Goodall, Brian Greene o Craig Venter. Eran charlas que te dejaban pensando en la estructura del universo, la evolución o el genoma humano. El formato era simple, pero potente: 18 minutos para explicar algo profundo, respaldado por evidencia, sin adornos innecesarios.
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| Stephen Hawking llegó a estar en una charla TED |
Hoy, si buscas en el catálogo reciente de TEDx (las versiones locales e independientes que se multiplicaron como conejos), encuentras un panorama muy distinto. Lo que empezó como un evento elitista de ideas innovadoras se convirtió en una franquicia masiva, con cientos de eventos al año organizados por voluntarios con más entusiasmo que rigor. Y ahí entró el problema: el control de calidad se diluyó.
De repente, el escenario que antes era para físicos cuánticos o biólogos evolutivos empezó a recibir a "emprendedores" que venden "biohacking" sin base científica, gurús de la "ley de atracción" disfrazada de neurociencia pop, promotores de energías libres que violan las leyes de la termodinámica, o coaches que juran curar traumas con "frecuencias vibracionales". TED mismo ha tenido que intervenir varias veces: en 2013 retiraron charlas de Rupert Sheldrake y Graham Hancock por cruzar la línea hacia la pseudociencia (Sheldrake con sus "campos mórficos" y Hancock con teorías conspiranoicas sobre civilizaciones antiguas y drogas psicodélicas como portales interdimensionales). Esos casos fueron notorios, pero son solo la punta del iceberg.
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| TEDx: el principio del fin |
¿Por qué pasó esto? Varias razones se juntan:
- La explosión de TEDx: miles de eventos locales con organizadores que a veces priorizan el "impacto emocional" o la viralidad sobre la sustancia.
- El auge de la cultura del self-help y el wellness: en un mundo saturado de influencers, TEDx se volvió el lugar perfecto para dar legitimidad a cualquiera que pueda armar una narrativa inspiradora, aunque carezca de evidencia.
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| Nirdosh Kohra charlatán de la medicina alternativa |
- El formato mismo: 18 minutos son ideales para vender humo. Una buena historia personal, slides bonitos, música emotiva y una frase pegajosa bastan para emocionar al público, sin necesidad de demostrar nada.
- La audiencia: muchos asistentes ya no van por ciencia rigurosa, sino por motivación, networking o simplemente por decir "yo estuve en un TED".
Un ejemplo local patético de cómo se degradó el formato: en un TEDx SLP (San Luis Potosí) de hace años, subieron al escenario a *El Admin y El Chilakil*, los tipos detrás del blog "Hazme El Chingado Favor". En vez de aportar algo sustantivo, se la pasaron cantinfleando puras pendejadas para promocionar su blog, soltando chistes baratos sobre lo absurdo del mexicano promedio. Fue un momento tan vacío y autopromocional que da vergüenza ajena: un espacio que debería ser para ideas transformadoras usado como megáfono barato para un par de weyes que querían views.
Hoy TED (y sobre todo TEDx) compite con podcasts de autoayuda, reels motivacionales y conferencistas que terminan vendiéndote un curso online al final. Lo que era un faro de intelectualidad se volvió, en muchos casos, un circo de vendedores de sueños con cero sustento científico.
No todo está perdido: aún hay charlas excelentes de científicos reales. Pero el promedio bajó tanto que ya no puedes recomendar TED sin advertir: "mira con ojo crítico, porque hay mucho humo". Si quieres ideas de verdad, mejor ve a conferencias académicas, lee papers o escucha a gente que publica evidencia en vez de solo contarte su "viaje personal".
TED solía inspirar con rigor. Ahora, demasiadas veces, solo inspira a sacar la cartera. Qué lástima.




















