En los márgenes de la espiritualidad moderna, donde la desesperación y la ambición chocan, florece un culto que parece sacado de una novela de realismo sucio: la devoción a la Santa Muerte. Lejos de los altares pulcros y las doctrinas establecidas, este fenómeno se ha convertido en el refugio espiritual preferido de una fauna particular: puros pendejos alucines, marginales, y gente de poca educación que cree haber encontrado el atajo cósmico para obtenerlo todo, sin mover un dedo que no sea para encender una vela negra.
Hablemos claro. El perfil del devoto "alucín" promedio no es el del teólogo estudioso ni el del creyente tradicional. Es, con frecuencia, el del tipo que quiere dinero fácil, poder sobre los enemigos, protección para negocios turbios o recuperar al novio o la novia que se hartó de su mediocridad. No buscan salvación ni crecimiento interior; buscan un santo "mago" que les resuelva la vida, como si la Santa Muerte fuera una especie de Uber del deseo, un repartidor de favores sobrenaturales a domicilio. Es la espiritualidad del "quiero y merezco", sin el tedioso paso del esfuerzo, la paciencia o la autocrítica.
Esta devoción, que algunos intentan dignificar con discursos de "sincretismo" y "resistencia cultural", muestra en sus entrañas más visibles otra cara. Se ha infectado de la cultura de la inmediatez y la gratificación instantánea. ¿Problemas con la ley? Una veladora. ¿La competencia te está ganando? Un ritual. ¿Te dejó tu pareja? Un amarre. Todo se reduce a una transacción: "Te doy ofrendas (cigarros, tequila, monedas) y tú me das lo que pido". Es el pensamiento mágico en su expresión más pura y peligrosa, donde la responsabilidad personal brilla por su ausencia.
Y sí, es innegable su vínculo con el mundo del hampa. Narcos, ladrones y gente en los límites de la ley se han apropiado de su imagen, buscando en su mirada hueca un cómplice celestial para sus fechorías. La han convertido en un estandarte de la mala vida, un tótem que promete impunidad a cambio de devoción. Esto no hace más que reforzar el estereotipo y alejar a cualquier persona con dos dedos de frente, que prefiere no asociarse con semejante pandilla celestial.
Algunos datos para el contexto (y para que no digan que solo soltamos opiniones):
· Origen híbrido: Su raíz es un mestizaje forzado entre las deidades prehispánicas de la muerte (Mictecacíhuatl) y el imaginario católico medieval de la Parca. Nació en la marginalidad, lejos de la aprobación de la Iglesia oficial.
· La Iglesia Católica la detesta: La considera una práctica contraria a la fe cristiana, una glorificación de la muerte y no de la vida, una distorsión grave de la espiritualidad.
· Negocio redondo: Detrás de muchos altares callejeros y tiendas de esoterismo hay un lucrativo negocio. Venden estatuillas, velas, inciensos, libros de "magia" y hasta consultas personalizadas. La fe de los "alucines" es, ante todo, un buen modelo de ingresos para unos cuantos vividores.
· No todos son criminales: Es justo decir que, entre la multitud de devotos, también hay personas pobres y olvidadas por el sistema que ven en la "Flaca" una última esperanza, una compañía en la adversidad. Pero incluso en estos casos, suele primar la lógica del trueque mágico sobre la reflexión profunda.
En conclusión, el culto a la Santa Muerte, en su expresión más viral y popular, es el síntoma de una sociedad enferma de atajos. Es la fe de los que quieren resultados sin procesos, poder sin mérito, y soluciones sin preguntarse si el problema, quizás, está en el espejo. Mientras exista la combinación de ignorancia, desesperación y ambición desmedida, habrá un nicho de mercado para santos que prometen lo imposible a cambio de una moneda y un poco de fe ciega. O, como diría el devoto "alucín" después de que su ritual falle: "Es que no le puse suficiente empeño a la oración". La ironía, como la muerte, es lo único segura en este teatro de sombras.





























